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Entre la soberanía y la seguridad alimentaria PDF Imprimir E-Mail
escrito por Yelithza Montoya Hinojosa   
miércoles, 23 de mayo de 2007
Indice de Artículos
Entre la soberanía y la seguridad alimentaria
Página 2

Equipo de Investigación TLC con EEUU y Biodiversidad  

“Nayakrishi Andolon”, aunque nos suene a opción de menú hindú, su traducción exacta no dista mucho de los alimentos. Literalmente significa “Un nuevo movimiento agrícola” y representa una experiencia exitosa de conservación de biodiversidad aplicada a la alimentación en la zona de Tangail en Bangladesh[1]. Ahí las mujeres campesinas –léase con énfasis mujeres- han determinado su sistema de cultivo evitando en lo posible el uso de insumos externos, utilizando bases de sus enormemente diversas semillas locales y priorizando cultural y económicamente su seguridad alimentaria. Mantienen, además, una sofisticada red de intercambio y monitoreo de sus semillas y su tecnología, logrando así un balance entre soberanía local y reciprocidad regional con resultados traducibles no sólo en cantidad y calidad de producción, sino también en reducción del hambre.

Imagen: InternetEn un escenario opuesto, en el que las empresas transnacionales controlan la cadena alimenticia de cabo a rabo, millones de pequeños agricultores a nivel mundial no tienen ni tendrán cabida. La dependencia del mercado internacional expulsa a esos enanos agentes económicos que no pueden competir con las importaciones masivamente subsidiadas. Los empuja hacia las ciudades a buscar trabajos que no existen generando más pobreza, marginación y hambre. Luego, los gobiernos toman medidas de alivio importando más alimento barato –cegándose incluso ante su deficiente calidad nutricional- que expulsará a más agricultores a las ciudades y así el ciclo continuará.  

Esta situación, que más se asemeja al trailer de una película de terror, no tiene por qué ser el de la película de nuestra historia, por lo menos mirando al futuro. Contrastando la foto de la experiencia en Tangail con la foto -quizás fatalista, pero real- descrita anteriormente podemos extraer apuntes importantes en función de seguridad y soberanía alimentaria.
 

La alimentación es un derecho humano básico. En esta premisa reposa la concepción de seguridad alimentaria, según la cual, todos los ciudadanos del mundo debemos tener acceso a alimentos sanos, nutritivos y culturalmente apropiados, en cantidad y calidad suficiente y sostenible en el tiempo, para llevar una vida sana. Nadie en su sano juicio objeta esta definición o sus fundamentos. Sin embargo la declaración del derecho no asegura la justicia social y el cumplimiento del mismo.

 

Los esfuerzos globales por contrarrestar la situación de inseguridad alimentaria en el mundo son abundantes, aunque lamentablemente en su mayoría poco efectivos; sobre todo los manejados por los sectores públicos de países corruptos[2] como Haití, Myanmar, Sudán y –aunque mejor en el ranking- Perú. En este contexto las buenas intenciones de ayuda terminan siendo devoradas por el mal desenvolvimiento de planes calcados de otras realidades y el manejo irresponsable de los recursos. Nombres como PRONAA, Vaso de Leche, INABIF, MIMDES, y otros tantos no son el sinónimo exacto de eficiencia y desarrollo en el diccionario institucional peruano. Los números no mienten: Casi el 25% de la población viviendo en extrema pobreza, más del 35% de beneficiarios filtrados en programas sociales, casi el 27% de niños con desnutrición crónica[3]. Sin embargo, este no sólo es un partido perdido por goleada por parte de las instituciones nacionales, sino de todos los peruanos.

 

Otro motivo que explica la falta de éxito de los programas de ayuda es que, en muchos casos, no están dirigidos por las necesidades del beneficiario, sino por las intenciones del donante. La ayuda alimentaria es utilizada por los países donantes como el último mercado de exportación carente de regulación abierta, donde aún pueden obtener beneficio directo o indirecto por productos que han sido rechazados por los consumidores “pagantes” en general, incluyendo los de su país de origen. Por ende, los países hambrientos terminamos siendo una especie de elegante almacén de residuos de alimentos. Maíz del norte genéticamente modificado, rechazados por el resto del mundo, harinas de granos diversos de calidades de descarte de producciones convencionales europeas pasadas; sólo por mencionar algunos.

 

El eco del refrán del caballo de regalo y del diente que no se mira zumba en la cabeza del colectivo en “vías de desarrollo”, tratando de justificar el hecho. Paralelamente, en algún rincón del pensamiento, surgen a gritos cuestionamientos a esa dependencia y a la necesidad de recibir las sobras de mundo. El nivel de exposición a este tipo de atropellos es directamente proporcional a la situación de inseguridad alimentaria del país. Y en eso sí somos buenos.

 

Ante la forzada prostitución del término seguridad alimentaria, el sector productivo reaccionó poniendo sobre la mesa la interrogante acerca de la proveniencia de ese alimento suficiente y nutritivo del que la Cumbre Mundial de la Alimentación y la Comunidad Internacional tanto habla. Dando lugar al pensamiento que sostiene el concepto de soberanía alimentaria, cuyo eje es la capacidad de autoabastecimiento, empezando por las unidades familiares, pasando por las locales y regionales hasta llegar al nivel de país.

El hueco en el tratamiento de la seguridad alimentaria es que ésta no apunta al tema de la distribución de los alimentos y tampoco al control del campesino productor a lo largo de toda la red alimenticia en su integridad[4]. Por lo tanto, el derecho a la alimentación únicamente puede garantizarse en un sistema donde la soberanía alimentaria esté asegurada en niveles óptimos.

 

Asimismo, el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas –agrícolas, alimentarias, laborales- dentro del marco del respeto a los derechos humanos, siendo éstas ecológica, cultural y económicamente apropiadas para su realidad y circunstancias especiales, debe ser respetado por la globalización. Los tratados de libre comercio firmados por los países deben contemplar la adecuación de estos lineamientos, dependiendo de los casos. Si Suiza firmara uno con Dinamarca, los problemas serían otros, pero en los casos David /Goliat, es deber del David firmante –rol desempeñado por el Perú- hacer respetar este derecho; además de velar por el mantenimiento de condiciones de igualdad y aseguramiento interno del alcance del bienestar obtenido.

 

La causa actual del hambre mundial, y en términos más cercanos, del hambre en el Perú no es la insuficiente disponibilidad de alimentos sino el limitado acceso a los mismos. En todos los rincones del globo se producen ahora más alimentos que nunca; introduciendo a la ecuación el crecimiento poblacional y la intersección de los mercados modernos, el resultado sigue siendo el mismo: más hambre. La producción agrícola en los países del sur está siendo direccionada cada vez más hacia la exportación, utilizando las mejores tierras y recursos para productos destinados a otras latitudes, mientras que el insatisfecho mercado interno consume cada vez más importaciones.

 



 
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