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Dolores nacionales de barriga PDF Imprimir E-Mail
escrito por Julio César Mateus Borea   
viernes, 22 de septiembre de 2006
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Dolores nacionales de barriga
Página 2

Foto InternetNo sé si cada indagación esporádica que algunos ensayamos sobre si la democracia se come o no, termine dándonos indigestión. Lejos de la flatulencia retórica de definir la conveniencia del sistema político en el Perú, debemos partir de una cuestión previa –quizá más simbólica- para entender de qué trata todo esto de "ser parte del mismo país".

La congresista cusqueña María Sumire habla en quechua en las sesiones del Congreso. Su colega Martha Hildebrandt, que es el referente lingüístico de los programas de televisión y, por consiguiente, también del Parlamento, la reprime. ¿Es democrático o no? es la pregunta que los medios se hacen (y no saben responderse, otra vez).

La pregunta se la hicieron también a Doris Sommer, profesora de Lenguas Romances de la Universidad de Harvard, en una conferencia. Su respuesta pareció inequívoca y la planteo aquí como idea provocadora: "no sé si es democrático, pero sí sé que es un error". Sustentó su respuesta en dos temas clave: el reconocimiento de las diferencias y la interculturalidad como el rollo mediante el cual se construye una democracia. "Ésta –dijo Sommer- depende de la humildad de uno sobre otro: no te entiendo, pero me interesa saber qué piensas".

Ilógica intolerancia

El curioso suceso en el Parlamento es un botón de muestra (más rochoso, eso sí) de la intolerancia con que manejamos nuestras relaciones cotidianas y que están reproducidas en cada gesto urbano a pequeña escala (el "cholear" al chofer de la combi que nos cruzó el carro; el "negrear" al delantero que se falló el gol –ambos oficios, además, que parecen plantear una relación histórica y casi dérmica entre algunos preceptos raciales con que convivimos, pero que ingresan a un debate ajeno a lo central de este artículo-).

Es en la discusión de la intolerancia donde quizá se requiera una lógica más profunda: ¿los peruanos conformamos una nación? Partiendo de esa primera reflexión, la aplicabilidad o no del sistema democrático resulta posterior.

El hecho de que seamos un estado parece irrefutable: tenemos un himno (aunque pocos hayamos reparado en la letra caótica), una bandera y compartimos las mismas leyes. ¿Y eso qué tiene que ver con la nación? (Si nada importa que tengamos un estadio que se llame "Nacional", ni que la selección de fútbol que pierde en él colabore con la destrucción de la magullada "autoestima nacional").



 
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